“¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño;
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.”
Calderón de la Barca, "La vida es sueño"
– No, flaco, estás loco. –
– ¿Cómo? –
– Lo que escuchaste: estás loco. – dijo aquella, y terminó de matarlo.
Y entonces a Horacio no le quedó otra que irse caminando, debajo de esa lluvia que tanto le molestaba porque no es ni tan copiosa ni tan fina, y no lo mojaba ni mucho ni poco.
Verlo a Horacio caminando así daba la sensación de que vivía en una ensoñación: manos en los bolsillos, cabeza gacha, ojos mirando fijo y siempre derecho a las baldosas que tenían adelante pero no viendo nada. Es más, en algún momento uno podría pensar que el piso lo movía a él, hasta que se da cuenta de que en realidad esas piernas largas y flacas que tiene se mueven siempre a la misma velocidad constante.
En ese momento Horacio no pensaba en nada, o quizás estuviera pensando en demasiadas cosas y no lo sabía. Sí, después de un rato se dio cuenta de que efectivamente estaba pensando en demasiadas cosas. Principalmente en todas las puertas que puede cerrar un “no”, pero también en todo lo que podría haber sido, y en todo lo que había pasado. Llegó a decirse, con una sonrisa entre cínica e irónica, que si todo eso era un sueño él quería despertarse, como en las películas.
Y así, siempre con pensamientos entre lo hipotético imposible y lo pasado pisado, llegó a su puerta, abrió su casa, y se acostó a dormir sin muchos más preámbulos que una cepillada de dientes.
De alguna manera volvió a tener conciencia de que caminaba. Pero por alguna extraña razón solamente tenía conciencia de eso, solo tenía conciencia de que caminaba lento y constante como siempre. Porque por más que intentara mirar a su alrededor había alguna extraña fuerza que se lo impedía, como si su cuello, anárquicamente, no respondiera a esa orden de “levantar y hacer rotar la cabeza”.
Después se dio cuenta de que estaba soñando y se despreocupó. Él sabía que había sueños que uno no sabe que son sueños, sueños que uno sabe que son sueños pero no puede hacer nada adentro de ellos y sueños que uno sabe que son sueños y actúa concientemente. Cuando reconoció que estaba en un sueño tipo dos se dejó llevar deseoso de que su inconsciente lo sorprendiera.
Aparentemente su inconsciente no lo sorprendió para mal, porque al final de ese recorrido resulta que había una dama. A lo lejos sus rasgos no se le hicieron muy visibles, lo único que supo es que era quizá demasiado flaca para su gusto. Pero agachó la cabeza y siguió caminando inexorablemente hasta que se la chocó.
– ¡Qué haces pelotudo! – dijo ella con una voz que lastimaba, pero que tapaba a otra personalidad completamente distinta.
– Perdón – dijo Horacio, pero no sabía si estaba diciendo eso concientemente o no porque era la respuesta que hubiera dicho de todos modos.
– Bueno, no te preocupes, supongo que venías demasiado distraído como para darte cuenta de que yo estaba adelante. – Horacio se dio cuenta de que ella suavizó su voz.
Silencio.
Se cruzan sus miradas casi accidentalmente.
Por algún motivo que Horacio desconocía la acción se había detenido. No, no se había detenido, era como si el tiempo corriera más despacio mientras esos dos personajes de sueño se miraban primero con infinita curiosidad, después con ternura y por último con ardiente lujuria.
– Esperá – dijo ella como adivinándolo. – Puede que tus ojos me digan que soy tu mujer ideal, puede que vos seas el hombre que yo estaba buscando, pero esto de alguna manera no está bien, no se siente bien, no debería ser así –.
– No sé ni me importa si esto está mal o no, sólo sé que siento que sos vos, que todo lo que estuve planeando durante todo este tiempo era con vos, que estabas ahí y no te encontraba hasta que un sueño vino a juntarnos... – Horacio se detuvo, evidentemente estaba hablando con conciencia de lo que decía.
– Shhh, – lo interrumpió ella – el sueño se está por terminar, vení. –
Caminaron agarrados de la mano hasta lo que parecía una plaza, pero según pudo ver Horacio en el piso había solamente un cuadrado de pasto en el que cabían él y ella acostados.
Ella se sentó y lo tironeó de la mano para que él hiciera lo mismo. Los movimientos torpes de Horacio dejaban ver que estaba algo nervioso.
– Acostate conmigo – dijo ella. Horacio obedeció, sin saber que pasaría (pero deseando que pasara algo, no sé si me entiende, querido lector).
Pero para su sorpresa (o su alivio, quién sabe) ella se acostó en el piso con su cabeza enfrentada a la de Horacio.
– Mirame – le dijo.
Y él la miró. Y así se quedaron durante lo que parecieron horas, pero no sabían si lo eran y tampoco les importaba.
Hasta que sonó el despertador.
De modo diferente a todas las mañanas, la mano derecha de Horacio fue hacia su costado en vez de hacia el botón del despertador. No, no había nadie a su lado, aunque haberlo deseado (pensó después) fue inútil porque sabía que todo lo que había pasado esa noche era un sueño (un hermosísimo sueño).
Pero bueno, le tocaba vivir este día como otros, así que se levantó de la cama y se fue a trabajar.
Ya bien entrada la tarde, cuando terminó su horario de trabajo en la metalúrgica, mientras volvía a su casa recapituló su tarde de trabajo y llegó a la conclusión de que ese día no había rendido bien porque no podía concentrarse, porque quería volver a su cama y dormirse, no por haragán sino porque tenía la esperanza de volver a soñar con aquella mujer.
Todo eso fue hasta que llegó a su casa, y sin pensarlo se acostó.
Otra vez estaba caminando. Había niebla a su alrededor, una niebla densa que le acariciaba el flequillo. Movía un pie y después el otro, sin pensar mucho a dónde iba porque sabía que tenía que estar yendo a alguna parte. Pero el tiempo pasaba (o eso creía él) y no llegaba a ningún lado. De pronto se interpuso un bar entre él y su caminata. Entró. Había mucha gente borracha bailando, las luces y la música a todo volumen lo atontaron demasiado. Comenzó a dar vueltas alrededor del bar, a dar vueltas alrededor de sí mismo. Sus ojos se le transformaron, no por el humo de cigarrillo (no al menos por el de cigarrillo) sino por sus ganas de encontrarla, que hacían que pareciera que se iban a salir de sus órbitas. Su cara empezó a mutar del enojo a la desesperación. Y las luces lo seguían cegando. De pronto se apagó todo. Alguien le tocó la espalda (él sintió que le bajaba un escalofrío por la columna) pero no llegó a reconocer quién era hasta que en su oído sintió esa voz dulce:
– Chau, la próxima vez prometo estar a tiempo. –
Abrió los ojos y los volvió a cerrar de nuevo, como concentrándose en quedarse dormido, pero el despertador no lo dejó. Miró el reloj y calculó que ese despertador de mierda había estado sonando por más o menos media hora sin que él se diera cuenta.
Sintió un hambre atroz. Después recordó que la noche anterior se había olvidado de comer. Pero estaba muy apurado porque iba a llegar tarde a su trabajo, así que se preparó algo como para engañar al estómago y salió corriendo de su casa.
Llegó quince minutos tarde. En el transcurso de la tarde su jefe le tiró un par de indirectas referidas a eso y a su bajo rendimiento del día anterior (“Con trabajadores como usted, señor Neiros, esta empresa se va para arriba” le había dicho). A Horacio no le importó en absoluto.
Obviamente este día fue peor que el anterior en todos los aspectos (no sólo en lo laboral).
Horacio decidió irse de su trabajo cinco minutos antes porque todo le era demasiado hostil. Salió corriendo y llegó a su casa enseguida. No pudo aguantar más sin comer, así que se preparó un omelette de jamón y queso, se lavó los dientes y se fue a dormir.
Esta vez no caminaba, estaba acostado. Abrió los ojos y la vio a ella al lado. Sintió una alegría difícil de controlar, pero sintió una especie de vacío, y también que estaba bastante desconcertado: segundos después de haber abierto los ojos recordó vagamente que había tenido un sueño, un sueño de su niñez, en el que corría por su casa hasta que su madre lo alzaba, pero la persona a la que el reconocía como su madre no era otra que aquella mujer que estaba ahora durmiendo a su lado.
–¿Qué te pasa? – le dijo ella frotándose los ojos.
–Nada... Bah, sí, pasa algo. Es que todo esto es muy raro: vos, este lugar, yo acá, el sueño que tuve recién, el sueño que estoy teniendo ahora... No entiendo nada. Lo único que tengo son ganas de estar con vos para siempre. –
–Pero sabés bien que eso es imposible, ¿no? –
–No sé, quizás haya alguna manera de no despertar jamás. A mí ya no me importa mi vida en la vigilia. – Horacio recordó a su jefe, a su trabajo, a la comida de cuarta que comía todos los días (aunque eso fuera casi exclusivamente culpa suya por mal cocinero). La abrazó.
Ella le devolvió el abrazo, y le habló susurrándole al oído:
–Vos no podés no despertar nunca más; hay más cosas ahí afuera que un omelette mal preparado y un jefe hinchapelotas. –
El respondió con una negativa medio vaga y se volvió a dormir.
Horacio despertó de nuevo y ahora estaba en su casa. Sintió exactamente lo mismo que aquel que había soñado que era una mariposa y ahora no sabía si era él mismo soñando ser una mariposa o una mariposa que soñaba que era un hombre.
Lo atacó de nuevo un hambre atroz. Comió algo que había en la heladera sin sentir el gusto.
Arbitrariamente decidió que no iba a ir al trabajo: estaba muy desganado y además no quería ver a su jefe. Se volvió a la cama.
Cuando volvió a abrir los ojos estaba sentado en una mesa. Había algunos objetos (mate, pava, azucarera, bizcochos) ordenados de manera absolutamente simétrica: desde la perspectiva de Horacio, la pava escondía a la azucarera en su totalidad, delante de la pava estaba el mate, a la derecha de la pava, en línea perpendicular, estaba el plato con los bizcochos. La izquierda estaba vacía, y ese vacío lo perturbaba, lo perseguía; era un vacío que debía llenarse con algo sí o sí.
Afortunadamente ella estaba sentada adelante suyo y lo miraba tiernamente.
Acto seguido le colocó un golpe a mano abierta en la nuca.
-¡Despertate! - Le gritó.
Y él despertó y vio un techo blanco.
Y él despertó y vio una higuera.
Y él despertó y vio una pared gris.
Y él despertó todo ensangrentado. Unas manos muy grandes lo sostenían. Una cara lo miraba pero no podía distinguirla porque lo cegaba el lugar. Tuvo miedo. Gritó. Las manos grandes lo pusieron en otras manos que lo agarraron tiernamente. Y se durmió.
Y se durmió.
Y se durmió.
Y se durmió.
Y se durmió.
Cuando abrió los ojos vio que el techo no era el de su casa. Examinando un poco más la situación se dio cuenta de que tenía unos cuantos cables conectados a varias partes de su cuerpo. “¡Abrió los ojos!” escuchó decir a una voz sin cuerpo, e inmediatamente vio que por la puerta blanca se asomaba un hombre con una bata color celeste hospital.
–Como le va, señor Neiros. – dijo el desconocido.
–Supongo que bien. – Contestó Horacio un poco atónito. –¿Quién es usted? ¿Dónde estoy? ¿Qué pasó? –
–Tranquilícese. Soy el doctor Pérez Albornoz, usted está en el Hsapital Italiano, estuvo dormido quién sabe cuanto; lo mantuvimos vivo mediante estos cables. – dijo el doctor Pérez Albornoz.
–Ahá. Bueno... – Horacio no supo qué más decir. Estaba tratando de comprender todo, de recordar algo, de dejar de pensar en nada.
–No se preocupe ahora, señor Neiros. Usted tiene que descansar: está muy debilitado porque no sabemos cuánto estuvo sin comer. De hecho ninguno de los especialistas entiende cómo sigue vivo. No se mueva mucho y acostúmbrese porque todavía le queda un tiempito de estadía en el hospital. Chau. –
Horacio no respondió nada. Se quedó quieto, mirando para arriba, demasiado confundido como para poder pensar en algo.
Pero como estaba demasiado cansado y no tenía nada para hacer decidió cerrar los ojos; el sueño reparador lo estaba esperando.















Comments
Porq los circulos viste q hacen las decisiones imposibles...lo que si, a veces masticas mucho por el lectorado y ciertos dialogos siguen pro esa linea tambien, digo, para ser un poco mala, ya q te gusta.
En fin, sigamos soñandonos, "para que despertarse Horacio? si asi se esta tan bien" y la maga la verdad que tenia razon...
Lesbia.
Que lindos que somos!
Lesbia, again.
Éste es el Bru de la gente... ¡Viva el compañero Bru! ¡Hasta el punto final! ¡Letra o muerte!
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"Tan triste en lo más hondo del grito, tan golpeado en lo mejor de la garufa, tan garifo a la hora de la autopsia.
Pero te quiero, país de barro, y otros te quieren, y algo saldrá de este sentir"
Julio Cortázar
Estoy melancólico
¿ coserse los ojos o batallar realidad?.
Que la garrapiñada me acompañe.
Buena ¿ficción?.
La verdad me asusté un poco cuando el tipo apareció entubado... me dije: no me digas que estuvimos viendo matrix y.... pero no, morfeo no aparece por hosptilas como el español... mirá, no sólo me ganaste desde el primer momento en que supe que había sido escrito por mí, sino también cuando citabas a Calderón de la Barca y la voz del querido Segismundo! me mee encima...
Muy buen título también, sólo tomando el cuento como una mamushka se ve que no tiene ni principio ni fin...
Gracias por compartir tu proceso!
Más yo que nunca...
el Nono Galatoire...
el cuento sigue estando muy bueno!
(sí, soy groso)
--
"Soy eco, olvido, nada"
A ese tipo habria que decirle que es muy retorcido pero sin embargo muy pensante, no podes hacer algo asi... GROSSO...
Hermes
gai, ami et fou
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